Ion de Sosa gira la cámara desde sí mismo hacia el mundo. Pero qué mundo: el de una ciudad que bien podría ser Marte, otra dimensión, la tierra tras el apocalipsis o incluso Benidorm. Un robótico hombre armado, una joven pareja y su bebé, un hombre gay, una oveja y variopintos personajes locales se barajan en un film que es a la vez cine negro, esperpento español, comedia surreal, diario y distopía desencajada.
Ion de Sosa (San Sebastián, 1981) rodó su primera película en Alemania y fue proyectada en el prestigioso Anthology Film Archives de Nueva York. True love (2011) fue la expresión más pulida de un cine radical y reflexivo, entroncado en los códigos del diario filmado, que llevaba años ensayando en las coordenadas de otros compañeros de generación como el vizcaíno Víctor Iriarte o León Siminiani. Aquellas debilidades y conflictos propios de un diario íntimo (se escribió repetidamente el término “exorcismo” cuando se dio a conocer) han dado paso tres años después a una película muy distinta: Sueñan los androides (Androiden Träumen) está muchísimo más cerca de El futuro (Luis López Carrasco, 2013), en la que fue director de fotografía y productor. Como en ella, en su segunda película Ion de Sosa aleja artificialmente (y de qué mejor manera que a través de una ficción) la narración del momento actual para situarla en un entorno geográfico que refleja un modo de pensar y actuar rabiosamente actual. Así, tras la coartada de una desenfadada versión lo-fi del clásico de ciencia-ficción de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se esconde un escenario tan contemporáneo como Benidorm, epítome de un tiempo muy cercano y reconocible. Y sin embargo, válida para acoger a una ficción ambientada en 2052.